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Gráfico: Milenio Diario
Mientras en estados de la Unión Americana como Alabama, la persecución contra los migrantes se acentúa con el respaldo judicial a disposiciones xenófobas y contrarias a los derechos humanos como las de la denominada ley HB56, el estado de California se coloca a la vanguardia en la aprobación de leyes que amplían los derechos de los inmigrantes indocumentados. Este fin de semana pasado, el gobernador demócrata Jerry Brown ratificó la denominada ley AB131, es decir, la segunda parte del paquete comúnmente llamado Dream Act de California, que autoriza a los estudiantes indocumentados a solicitar becas del estado y, de esa forma, darles la oportunidad de construirse un futuro mejor. Se trata, como afirma su principal promotor, el asambleísta demócrata Gil Cedilllo de Los Ángeles, de enviar un mensaje sobre la manera en que California “está preparada para dirigir el país con una visión positiva y productiva para nuestra manera de abordar cuestiones difíciles relacionadas con la inmigración”.
A diferencia de la primera parte del Dream Act, aprobada ya hace algunas semanas, que permitía a los estudiantes indocumentados recibir ayuda económica de fondos privados para costear su educación universitaria, esta segunda parte estipula que los inmigrantes indocumentados podrán tener acceso a ayuda pública para estudiar en cualquiera de los m{as de 110 planteles universitarios de ese estado. Con esta nueva legislación aproximadamente 25 mil estudiantes indocumentados, que se gradúan de la educación secundaria cada año en California, podrían beneficiarse en alguna medida y recibir la ayuda del estado sin la cual no podrían completar un programa de educación superior.
Más importante aún, podrían acceder a becas como las Cal Grants, que impiden que los mejores estudiantes abandonen la Universidad por falta de recursos económicos suficientes.
Pero esta no es la única legislación que, en fechas recientes, ha aprobado el estado de California a favor de los migrantes. Este fin de semana pasado, el gobernador Brown también firmó la ley AB1236, que impide que ciudades y condados obliguen a los empleadores a verificar el estatus migratorio de los empleados. También firmó la ley AB207 que unifica los requisitos para ingresar a escuelas públicas dejando fuera el estatus migratorio de los estudiantes y la ley SB126 que autoriza la constitución de sindicatos de trabajadores agrarios, de nuevo sin tomar en cuenta el estatus migratorio de sus integrantes.
Sin duda, la octava economía del mundo está dando una lección muy importante al resto de los estados de la Unión Americana sobre la importancia de reconocer las múltiples contribuciones que los migrantes aportan a la sociedad californiana y de remar contracorriente al enfatizar la inclusión y la integración de un grupo humano tan numeroso, talentoso e industrioso como el de los mexicanos y el resto de las comunidades de origen hispano en California.
Son gestos que no pueden pasar inadvertidos y de ahí mi propuesta, presentada el jueves pasado, para que una delegación del Senado de la República -al más alto nivel político- visite pronto el Congreso de California a fin de reconocer este esfuerzo sin precedentes y estrechar los vínculos de amistad entre ambas instancias legislativas.
Artículo publicado el pasado 15 de octubre en Milenio Diario, estado de México
Artículo publicado el pasado 23 de octubre en Milenio Diario, estado de México

Foto: milenio.com
Aunque México se ha venido sumando con cada vez mayor interés en las celebraciones y evaluaciones que año tras año, cada 21 de marzo, se producen a propósito del Día Internacional para la eliminación de la discriminación racial, hacía falta una efeméride nacional. Más allá de su carácter simbólico, el decreto que establece, a partir de este 19 de octubre, el Día Nacional contra la discriminación, supone un sólido compromiso del gobierno del Presidente Calderón con avanzar en la lucha por la erradicación de esta lamentable práctica. Supone, además, un avance importante en la colocación de este asunto en el corazón de nuestra agenda pública. Durante la presentación de este decreto, el Presidente de la República señaló que la discriminación “atenta contra la dignidad humana e impide que todos seamos parte del desarrollo social, económico y cultural de nuestro país”. En efecto, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, el racismo, la intolerancia y la xenofobia son problemas globales que están lejos de haberse superado como muestran múltiples ejemplos que van desde la xenofobia contra los gitanos del grupo denominado Roma en Europa y hasta el sentimiento anti inmigrante que algunos grupos siguen explotando políticamente en los Estados Unidos.
En México, la discriminación existe y se nutre de una serie de fobias irracionales pero desafortunada y profundamente enraizadas en múltiples capas de la población. De ahí que el Estado Mexicano ha venido caminando con paso firme en la prohibición legal y en la censura ética y moral contra toda exclusión, restricción o distinción basada en cualquier consideración religiosa, social, económica, sexual, racial o de otra índole que impida a las personas el goce y ejercicio pleno de sus derechos. Desde la fundación -en 2003- del Consejo Nacional para prevenir la discriminación (CONAPRED) y la publicación de la Ley para Prevenir la Discriminación los mexicanos hemos venido mejorando el esquema jurídico y de políticas públicas para atajar este flagelo y garantizar el derecho a la igualdad consagrado en el Artículo primero de nuestra Constitución.
Más aún, desde 2005 contamos con una herramienta indispensable para el diagnóstico de la discriminación en México. Me refiero a la Encuesta Nacional sobre Discriminación, publicada en mayo de ese año. La Encuesta ha orientado políticas públicas a nivel nacional pero también ha arrojado información delicada sobre el tamaño del reto que enfrentamos. En efecto, a pesar de que existen avances en el mejoramiento de la condición de distintos grupos vulnerables, tales como los discapacitados y los enfermos de VIH-SIDA, arrastramos aún nocivas conductas sociales a las que es necesario cerrarles el paso. De acuerdo con ese sondeo, hay una grave situación de discriminación contra los indígenas, los homosexuales y los discapacitados. Aunque estas conductas no siempre sean visibles y en ocasiones se minimice su impacto, producen graves consecuencias en el contexto del que son parte. Tan sólo 30% de los mexicanos opinaba, por ejemplo, que es normal que los hombres tengan mejores salarios que las mujeres; 15% de los encuestados opinó que no es necesario gastar en la educación de las niñas puesto que eventualmente se casarán y serán dependientes económicos y prácticamente el 48% asegura que no estaría dispuesto a compartir su casa con un homosexual. Más del 20% señaló que no conviviría con un indígena, 15% que no lo haría con un discapacitado.
Más allá de que las cifras nos avergüencen deben hacernos reflexionar en lo que hace falta por hacer para que esta situación termine. En primer lugar, hay que tipificar la discriminación como delito en el Código Penal Federal -existe ya una iniciativa en esta dirección en la Cámara de Diputados- y hay que darle dientes al CONAPRED para actuar con mayor eficacia y contundencia en la prevención y sanción de estas conductas. En consonancia con los últimos desarrollos penales a nivel internacional debería también estudiarse la viabilidad de establecer una Fiscalía contra la discriminación al interior de la Procuraduría General de la República. Sin embargo, el reto va mucho más allá de lo que se refiere al entramado jurídico e institucional a nivel Federal. De acuerdo con información del propio CONAPRED, tan sólo 16 estados de la República han expedido leyes estatales para prevenir y eliminar la discriminación. En el resto existen disposiciones antediluvianas que incluso podrían generar actos discriminatorios desde la propia autoridad estatal. Peor aún, incluso en aquellos estados donde se registra algún avance institucional, las autoridades estatales han cometido atropellos inaceptables. Para no ir más lejos, en Ciudad Cuauhtémoc, Ecatepec, el profesor Agustín Estrada Negrete ha sido atacado en diversas ocasiones tan sólo por su preferencia sexual. Quien fuera director de los Centros de Atención Múltiples 33 y 34 -escuelas para niños con capacidades diferentes- fue recluido en el penal de Almoloya de Juárez luego de protestar frente al palacio de gobierno de Toluca. En el penal fue objeto de agresiones físicas y de abuso sexual. La Corte Interamericana de Derechos Humanos solicitó en abril al Estado Mexicano otorgar medidas cautelares. Sin embargo, las amenazas y el hostigamiento en su contra continuaron hasta que Estrada tuvo que huir del país y solicitar asilo político en el extranjero, luego de haber sido agredido nuevamente el pasado 15 de septiembre en su antiguo domicilio. Ahí está también el caso de Eufrosina Cruz Mendoza a quien le arrebataron su triunfo en el municipio de Santa María Quiegolani por ser mujer, utilizando como excusa los usos y costumbres de la comunidad. Podría ser ese también el caso de Thelma Adriana Chávez, a quien no permiten gobernar en el municipio de Pe de Ejutla bajo el mismo argumento.
Son historias de impunidad que demuestran la forma en que gobiernos estatales y municipales amenazan con entorpecer un esfuerzo de armonización legislativa y transversalización de las políticas públicas para revertir la discriminación de nuestra cultura social y política. En ese sentido, un pendiente fundamental tiene que ver con hacer de este tema una prioridad en la educación. Educar a respetar al otro, a entender y tolerar sus diferencias, es crucial para hacer una realidad el ideario de protección a la dignidad humana. Corresponde a todos, no dejar pasar más tiempo y ocuparnos que el próximo 19 de octubre tengamos mucho más que celebrar y menos que lamentar. En lo inmediato urge aprobar, en la Cámara de Diputados, la minuta de reforma constitucional en materia de derechos humanos avalada por el Senado y comenzar a construir sobre ella un futuro distinto para la armonía y la tolerancia entre todos los mexicanos.
El Instituto Mexicano de la Juventud dio a conocer los resultados de una importante encuesta. Se trata de la Encuesta de Juventud del estado de México 2009, misma que ofrece un diagnóstico amplio sobre la situación general de este sector poblacional en nuestra demarcación.
De entrada, destaca el escandaloso número de jóvenes que pertenecen a una categoría sociológica que se ha venido denominando en España como ni-ni para referirse al hecho de que ni estudian, ni trabajan.
En el Estado de México la cifra ha alcanzado más de 900 mil jóvenes ni-ni quienes mayoritariamente habitan en los municipios metropolitanos del principalmente en Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chalco, Valle de Chalco, Naucalpan, Tlalnepantla, Cuautitlán Izcalli y Atizapán.

Generación ni-ni | Foto: standardmusic.zoomblog.com
Sin duda, la falta de opciones y oportunidades para estos jóvenes los convierte en presa fácil de la delincuencia y de distintas expresiones del crimen organizado. Prueba de ello son los más de 230 mil muchachos quienes, parte también de esta estadística, enfrentan algún proceso penal en centros de readaptación y reclusión.
Desde luego que el problema es global. De hecho, el desempleo juvenil mundial alcanzó la cifra más alta de su historia en este 2010 ubicándose en 81 millones. Más aún, el 21% de los jóvenes en edad productiva se ubican en la categoría ni-ni.
En México, son aproximadamente 2.3 millones de jóvenes quienes se encuentran desempleados. Es decir, el 13% de los 18 millones de mexicanos que se encuentran en esa franja de edad entre los 15 y los 29 años. Por supuesto, el fenómeno no es igualmente grave en todo el territorio nacional. Son el Estado de México y el Distrito Federal los que registran la tasa más alta de desocupación juvenil, seguidos muy de cerca por los estados del sur de la República.
De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, esta situación se ha venido agravando con la crisis financiera internacional pero tiene su origen en políticas insuficientes para hacer que los jóvenes ingresen exitosamente al mercado laboral o bien para que continúen sus estudios.
En un año, por ejemplo, el número de jóvenes con estudios superiores buscando empleo se incrementó en un 25% según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo que realizó el Instituto Nacional de Geografía, Estadística e Informática (INEGI). Peor aún, más de un millón de jóvenes, de acuerdo con esta estadística, han perdido la esperanza de encontrar un empleo.
El problema es mayúsculo si se reflexiona sobre sus distintas dimensiones. En primer lugar, supone un enorme desperdicio de recursos humanos que podrían hacer una contribución crucial al desarrollo. En cambio, muchos de estos jóvenes se convierten en una carga adicional para sus familias cuando no sólo no aportan al presente de su entorno sino que, peor aún, no manifiestan tampoco un interés en hacer una aportación hacia el futuro.
En segundo lugar, implica un escenario en el que las nuevas generaciones podrían tener una calidad de vida inferior a la de sus padres. En tercer lugar, porque muchos de ellos terminarán engrosando las filas de la economía informal, del subempleo, del empleo no remunerado y, en el peor de los casos, de la criminalidad. Tan sólo en la economía informal, el INEGI calcula la presencia de más tres millones setecientos mil jóvenes, es decir, personas entre los 14 y 29 años de edad.
Como razones fundamentales para el ingreso a la economía informal, los jóvenes mexicanos refieren la desigualdad entre los salarios que reciben vis a vis el salario que reciben los adultos así como las pobres perspectivas de desarrollo que ofrecen, desde su punto de vista, los empleos convencionales.
De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) si todo sigue igual, el número de jóvenes desempleados aumentará del 13% al 17% a finales del año 2011. Esto es especialmente importante si tomamos en cuenta que México se encuentra en una etapa avanzada de la denominada transición demográfica mediante la cual, en dos décadas, tendremos una gran cantidad de personas en edad económicamente activa que, en principio, debería ser capaz de sostener a la población dependiente.
La ecuación se complica si agregamos otro factor importante: la migración. Actualmente, más de 20 mil jóvenes con al menos estudios de licenciatura abandonan el país anualmente para buscar empleo y mejores oportunidades en el extranjero. Este es también el caso del Estado de México en donde tanto el rostro del desempleo como el de la migración es juvenil.
La respuesta a este desafío, por supuesto, debe ser integral y atender buena parte de las aristas señaladas. Por principio de cuentas, y una vez que la crisis financiera internacional parece estar en una de sus etapas finales, debería estudiarse la posibilidad de recuperar el programa “Primer Empleo” en sus modalidades locales.
En el estado de México, además, será importante facilitar créditos y otorgar toda clase de incentivos a aquellas empresas que empleen jóvenes así como ejercer presión sobre las autoridades para que se establezcan políticas públicas dirigidas especialmente a sacar a nuestra juventud de la inactividad y la desocupación. Formar a los jóvenes, ofrecerles alternativas educativas y laborales para un mejor futuro y acompañarles en el proceso de convertirse en personas plenamente productivas debe ser una prioridad del Estado Mexicano y un tema fundamental para las políticas públicas de los gobiernos locales.
Artículo publicado el pasado 21 de agosto, en Milenio Diario estado de México

La semana pasada, el gobierno del estado de Arizona tomó una decisión desafortunada. La gobernadora Jan Brewer firmó la implementación de una legislación xenófoba y, con ello, asestó un duro golpe a los vínculos entre México y ese estado de la Unión Americana. De acuerdo con la ley SB1070, cualquier cuerpo policiaco, en cualquier momento y en cualquier sitio, tiene la potestad de interrogar a cualquier persona sobre su condición migratoria basado solamente en la sospecha de que su estancia es ilegal. Los oficiales de policía, transformados en agentes migratorios, podrán detenerlos y consignarlos a las autoridades judiciales quienes establecerían multas que van desde el pago de dos mil 500 dólares, cárcel hasta por seis meses y, por supuesto, la deportación de todos quienes carezcan de documentos. En suma, la ley permitiría a las autoridades del estado de Arizona a efectuar redadas y deportaciones masivas de inmigrantes, sin importar las implicaciones económicas y la desintegración social y familiar que esto acarrearía. El fundamento formal de la ley es, desde luego, absurdo y falaz. De hecho parte de un argumento falso cuando se refiere a que la violencia en la frontera, la criminalidad y la inmigración ilegal son partes de un mismo fenómeno. De acuerdo con estadísticas oficiales, los crímenes violentos en Arizona se han venido reduciendo sistemáticamente desde 2005 y se ha demostrado, gracias al trabajo delImmigration Policy Institute, que los inmigrantes tienden a cometer menos crímenes que los propios estadounidenses.
Por obvias razones, esta disposición tiene un sesgo racial lamentable y exhibe un profundo desconocimiento de las obligaciones que los Estados Unidos en su conjunto han contraído, tanto en su regimen jurídico interno como en el internacional, para proteger y respetar los derechos esenciales de las personas. Más aún, esta ley representa un punto de quiebre con lo que, al menos desde una perspectiva histórica, ha sido la tradición y los valores de apertura, tolerancia e inclusión de los migrantes en la sociedad y la economía estadounidenses.
Para muchos observadores, la ley tiene solamente un propósito electoral de cara a los próximos comicios y el objetivo adicional de distraer la atención de los votantes del mal desempeño de la Gobernadora y su administración. No obstante, esta ley también forma parte de una nueva ola antiinmigrante y, hasta cierto punto, antimexicana que especialmente en estados fronterizos ha venido lastimando nuestras relaciones bilaterales. De hecho, es en Arizona donde recientemente los mexicanos han sufrido abusos que difícilmente encuentran paralelo en otros estados de la Unión Americana. En Arizona es donde Joe Arpaio, comisario del condado de Maricopa, ha venido aterrorizando a los mexicanos que trabajan en Phoenix y que aportan, junto con quienes viven en el resto del estado, alrededor de 2 mil 700 millones de dólares anuales a la economía local. Aunque muchos analistas han apuntado atinadamente al carácter anti constitucional de la ley y a lo que puede ser su interrupción a partir de las múltiples demandas presentadas y por presentarse, el peligro es inminente. Incluso antes de su implementación legal, prevista dentro de tres meses, Arpaio ha anunciado que este fin de semana comenzará la decimoquinta redada desde 2008 mientras políticos radicales en otras entidades de Estados Unidos han venido manifestando su deseo por replicar este tipo de legislación.
Evidentemente, la reacción global de repudio no se ha hecho esperar. Desde todos los rincones del planeta, e incluso desde la propia Unión Americana, se expresa una gran preocupación por esta ley y un clamor generalizado por detenerla. El procurador Eric Holder estudia actualmente los mecanismos para detener su puesta en marcha, las principales ciudades del estado de Arizona han anunciado que implementarán acciones legales en esta dirección y un grupo de ciudadanos ha comenzado el proceso para reunir las 76,000 firmas necesarias para proponer un plebiscito que podría posponer la entrada en vigor de la ley hasta entrado el 2012.
Arizona no sólo corre el riesgo de expulsar a quienes en buena medida sostienen su economía sino que podría estar en riesgo de sufrir un boicot turístico y comercial sin precedentes en el que incluso participarían otras ciudades estadounidenses como San Francisco y Los Ángeles.
En los Estados Unidos la aprobación de esta ley, como la aprobación de la ley 187 en 1994 en California, ha traído de regreso el debate migratorio a la esfera pública. Tan sólo en este sentido, la aprobación de esta ley puede representar una oportunidad dorada para la administración del presidente Obama. Y es que con lo que sucedió en Arizona se pone de manifiesto la urgente necesidad de entrar de lleno a una reforma migratoria integral que corrija, de una vez por todas, los vacíos legales y las incongruencias de un sistema que hace mucho tiempo dejó de funcionar. Durante la visita de Estado que el presidente Felipe Calderón realizará del 19 al 20 de mayo a Estados Unidos, habrá oportunidad de plantear este tema ante el Ejecutivo y, más importante aún, ante el propio Congreso estadounidense. Mientras tanto, el resto de los actores políticos en México tenemos que trabajar juntos a fin de detener estas expresiones xenófobas y alentar la generación de un mecanismo que legalice y ordene el flujo migratorio.
Artículo publicado el pasado 1º de mayo en Milenio Diario, estado de México









