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En octubre de 2007, el Partido Comunista Chino celebró su XVII Congreso Nacional donde, nada menos, definió el plan de acción estratégico de esta potencia asiática para los próximos 20 años. Contrario a los anacronismos con que solemos asociar a los regímenes emanados del marxismo – leninismo, el Partido Comunista Chino dio una lección de realismo, modernidad y adaptación al cambio digna de admirarse y analizarse con detenimiento. En efecto, de acuerdo con las conclusiones del Congreso, la “concepción científica del desarrollo basada en teorías del socialismo con peculiaridades chinas” ha hecho que los chinos conciban un proceso de amplia reforma económica y política a fin de mantener e incrementar la supremacía de este gigante asiático que no cesará de ubicarse a la vanguardia en muchísimos rubros del quehacer humano.

Para el Presidente Hu Jintao, los objetivos son claros: “construir una sociedad moderadamente próspera en todos los aspectos, ampliar la “economía de mercado socialista”, promover la armonía social y, en suma, convertir a China en un “país socialista moderno, próspero, poderoso, democrático y armonioso”.

Para ello se tomó la decisión de ascender a más “no comunistas” a cargos de dirección en el partido y en el gobierno como una medida para “promover la armonía en las relaciones entre los partidos políticos, las etnias, las religiones y los estratos sociales” a fin de fortalecer la unidad nacional. Se decidió también continuar en el proceso de reforma y apertura que llevará a convertir a China, muy probablemente en algún momento del 2008, en la tercera economía mundial pero “ahorrando energía y protegiendo el entorno ecológico” y cuadruplicando el PIB per cápita en 2020 con respecto a las cifras de 2000, es decir, pasando de 856 a 3,500 dólares por habitante.Pero no sólo en materia económica sino incluso en materia de política exterior, el Congreso del Partido Comunista se planteó objetivos muy ambiciosos. Destaca el reconocimiento de que China es un agente muy importante para la paz, la cooperación y el desarrollo internacional por lo que se aprobó reiterar el compromiso de China con las Naciones Unidas, el derecho internacional y los principios generales de la cooperación. Igualmente, el Congreso avaló reiterar la condena de China al terrorismo, al hegemonismo y al uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Más aún, China planteó “un acuerdo de paz con Taiwán”. Hu Jintao exhortó a celebrar consultas sobre la base del principio de una sola China para poner oficialmente fin al estado de hostilidad entre las dos orillas del estrecho de Taiwán y aunque se insiste en el carácter inalienable de la soberanía y la integridad de China se abre un espacio de oportunidad para dar solución a este añejo conflicto. También se planteó la necesidad de establecer un sistema básico de seguro universal para proveer de servicio médico a toda la población rural y urbana, un proyecto para mejorar la situación de los agricultores chinos, una reforma a los Estatutos del Partido para incluir en ellos el término religión –impensable hace unos treinta años -, el compromiso de estimulación y apoyo para el sector privado así como para nivelar mejor el desarrollo urbano y rural en China.Con esta programación de políticas públicas, China se ubica a la vanguardia no sólo en materia de crecimiento económico sino, también, en la posibilidad que tiene de hacer una distribución equitativa de la riqueza entre regiones y estratos y con ello promover aún más el desarrollo de una potencia tan poderosa como socialmente justa en los años venideros.