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La semana pasada, el mundo entero se estremeció ante una trágica y macabra noticia. El hallazgo de una narcofosa con 72 cadáveres de inmigrantes centro y sudamericanos en un rancho del municipio de San Fernando en Tamaulipas puso en claro, de nueva cuenta, la urgencia de tomar medidas contundentes no sólo para combatir al crimen organizado sino, quizá más importante aún, para cerrar el paso a la impunidad. La historia, que nos llena a todos los mexicanos de vergüenza, no ocurrió como resultado de la cruenta batalla entre cárteles del narcotráfico quienes, atemorizados y debilitados por la acción gubernamental, buscan desesperadamente la manera de reclutar personas como sicarios para sus organizaciones delictivas. Sin duda éste es el lamentable contexto, el de la violencia y el narcotráfico en Tamaulipas -un estado que desde hace algún tiempo libra una dura batalla contra el fantasma de la ingobernabilidad a manos del crimen organizado- pero no es el asunto de fondo.
La brutal matanza de transmigrantes hondureños, ecuatorianos, salvadoreños y brasileños -14 mujeres entre ellos- es sobretodo el resultado de la impunidad, la corrupción y la negligencia con que autoridades de todos los niveles de gobierno han venido actuando para permitir la operación impune de bandas dedicadas al tráfico de personas. Es además el resultado de la ineficacia para resolver un acuciante problema que hemos abordado en múltiples ocasiones. Me refiero a la peligrosidad y la corrupción que ha venido acentuándose en nuestra frontera sur así como a nuestra incapacidad crónica para predicar con el ejemplo en materia migratoria ante los Estados Unidos. Frente a la tragedia de nuestros connacionales indocumentados, quienes todos los días hacen una peligrosa travesía por desiertos y vías inhóspitas con tal de encontrar una mejor calidad de vida en Estados Unidos, México no ha hecho lo necesario para garantizar, precisamente, un tránsito legal, ordenado y seguro (la triada que exigimos con vehemencia a los estadounidenses) para los cientos de miles de transmigrantes indocumentados quienes atraviesan territorio mexicano en busca del mismo destino.
Es verdad que hay avances y que el balance no es del todo negativo. Ahí están los albergues para migrantes, los Oficiales de Protección a la Infancia, la reforma a la ley que descriminalizó a los indocumentados, la multiplicación de los Grupos Beta en distintos puntos del territorio nacional, los programas de repatriación, entre otros logros relevantes. Sin embargo, no hemos hecho aún lo necesario para deshacernos de una de las peores herencias del viejo régimen. Me refiero a la corrupción y la impunidad de la que gozan quienes extorsionan, maltratan, abusan y explotan a los inmigrantes durante el vía crucis que viven al cruzar nuestro país. Si bien este lastre se ha venido combatiendo con éxito en algunos estados de la República, la verdad es que en la mayoría goza de cabal salud. Peor aún, en algunos se ha venido registrando un verdadero florecimiento de la industria del secuestro de migrantes en México, tal y como lo sustenta un reciente informe especial de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. En ese sentido, cobra relevancia el señalamiento que el quinto visitador de la Comisión, Mauricio Farah, ha hecho con respecto a que el Estado Mexicano no ha sido capaz de impulsar una política migratoria integral para detener la extorsión y el plagio de centroamericanos que cruzan por nuestro país. En los últimos años se ha venido documentando una realidad que, sin embargo, tiene larga data. Se trata de la explotación sistemática, de carácter laboral y sexual, la violencia, los abusos y el secuestro de que son víctimas miles de transmigrantes en los municipios fronterizos de Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros. Tan sólo entre finales de 2008 y mediados de 2009, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos documentó poco menos de 10 mil migrantes secuestrados sobretodo en los estados de la República por donde pasan los trenes de carga que utilizan los migrantes para llegar a los Estados Unidos, es decir, por Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz, el estado de México y Tamaulipas, entre otros. Por supuesto que para la operación de estos grupos criminales se requiere de la connivencia de autoridades federales, estatales y municipales. Se requiere de una amplia colusión con autoridades, con agentes migratorios y con policías, con autoridades judiciales y políticas, para explicar la impunidad de la que gozan los polleros, su fuerte relación con los cárteles de la droga y las extensas redes de tráfico de armas, drogas, personas y órganos con las que están estrechamente asociados.
Por ningún motivo podemos permitir que esta abominable masacre quede impune. Pero menos aún debemos permitir que se repita. El combate al narcotráfico, desde luego, debe continuar. Pero urge, a la par, una nueva política migratoria, una fuerte inversión en materia de seguridad e infraestructura en nuestra frontera sur, una nueva ley que armonice los compromisos de carácter internacional con los que México ha venido obligándose y nuevas políticas públicas para proteger los derechos humanos de los inmigrantes indocumentados. Urgen también acciones decididas y esfuerzos mayores de cooperación internacional para combatir la extorsión en sus múltiples manifestaciones, desarticular estas redes de abuso y explotación a inmigrantes, así como la generación de nuevos mecanismos de intercambio de información y cooperación entre distintas dependencias gubernamentales con atribuciones en este campo. Pero principalmente urge una estrategia para derrotar a la corrupción y a la impunidad. En este sentido, el nuevo plan de acción anunciado por el Secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, es un primer paso conveniente y encomiable, aunque lamentablemente tardío.
Artículo publicado el pasado 4 de septiembre en Milenio Diario, estado de México
No cabe duda que el Presidente Calderón está encabezando una fuerte batalla contra el narcotráfico lo que ha comenzado a minar sensiblemente la fuerza de los carteles de la droga y la estructura operativa y de mando de las cúpulas criminales. Se ha golpeado con eficacia al tráfico y la comercialización de drogas, se está golpeando también a la estructura de complicidad política, judicial y empresarial en la que opera y, sin duda, se está librando una dura batalla contra fenómenos directamente asociados con este terrible lastre como el lavado de dinero y el tráfico de armas.
Sin embargo, es el momento de emprender con fuerza una estrategia complementaria para no sólo afectar la oferta de droga sino, además, reducir su demanda. Eso implica, por supuesto, robustecer una campaña de prevención, rehabilitación y tratamiento de las adicciones.
El problema de las drogas, nos recuerda la Organización de las Naciones Unidas, sigue siendo un reto mundial que pone en grave peligro la salud y el bienestar de la humanidad, en particular de los niños y los jóvenes, además de que socava la estabilidad socioeconómica y política, entorpece el desarrollo sostenible, genera pobreza así como desintegración social y familiar.
Se calcula que tan sólo en Estados Unidos, el impacto económico de la drogadicción es multimillonario. Según estas estimaciones, el costo total del abuso de sustancias en este país, incluyendo costos relacionados a la salud y al crimen así como a la pérdida de productividad excede el medio billón de dólares anuales. Por supuesto, Estados Unidos, sigue siendo el principal país consumidor de droga en el mundo con más de 22 millones de personas con problemas de adicciones. Sin embargo, en México, las cifras de adicciones comienzan a ser también preocupantes.
De acuerdo con información oficial, en México el consumo de drogas asciende aproximadamente a 500 toneladas anuales y el mercado mexicano de drogas supera los 450 millones de dólares anuales. Además, el número de consumidores de drogas en México –especialmente marihuana y cocaína- aumentó 51% de 2002 a 2008. Lamentablemente, la mayoría de estos nuevos adictos son jóvenes entre los 12 y los 17 años de edad.
De ahí la importancia que tiene armonizar nuestras estrategias de reducción de la oferta con la reducción de la demanda y, por tanto, la puesta en marcha de iniciativas para la prevención, la educación, el tratamiento y la rehabilitación de las personas que sufren de adicciones.
Por supuesto, el financiamiento a estas acciones preventivas y de rehabilitación nunca es suficiente. Por ello, la reciente aprobación de la Ley de Extinción de Dominio representa una oportunidad extraordinaria para aprovechar lo que se ha venido haciendo en casos de decomisos. Un caso emblemático son los 205 millones de dólares en efectivo que fueron decomisados al empresario de origen chino, Zhenli Ye Gon. La tercera parte de esos recursos se destinaron fundamentalmente a la creación de Centros para el control y tratamiento de adicciones. Se trata de 70 de los 300 Centros Nueva Vida que se construirán durante la administración del presidente Felipe Calderón. Actualmente, los centros ubicados en los estados de Guanajuato, Sonora y Durango, entre otros, se han erigido precisamente utilizando el dinero que Ye Gon obtuvo de su venta ilícita de pseudoefedrina a los cárteles de la droga para la producción de metanfetaminas.
Con la Ley de Extinción de Dominio, recientemente aprobada por el Congreso, se otorga al Estado las facultades necesarias para atacar a las organizaciones criminales ahí donde más les duele: los recursos financieros, el dinero en efectivo, la posesión de inmuebles y otras propiedades. Sería pertinente utilizar estos recursos que serán decomisados fundamentalmente para una gran campaña de prevención, tratamiento y rehabilitación de las personas que sufren de adicciones en México.
De esta manera estaríamos invirtiendo sobre todo en la población más vulnerable y susceptible a engancharse con la utilización de las drogas. Me refiero a los jóvenes mexicanos con quienes hay que hacer un esfuerzo mucho mayor para mostrarles los efectos perjudiciales del abuso de drogas, para incluirlos en nuevos y amplios proyectos de empleo, actividades deportivas, artísticas, culturales y recreativas y, en general, para ponerlos en el centro de las políticas públicas.
Artículo publicado el pasado 6 de junio del 2009 en Milenio – EdoMéx.
La madrugada del 17 de marzo pasado, los mexiquenses recibimos una alarmante noticia para nuestra seguridad. En sendas operaciones simultáneas, comandos armados y encapuchados tomaron por asalto los destacamentos de la Agencia de Seguridad Estatal (ASE) de Tenancingo y Zumpahuacán con el objetivo de sustraer más de 35 armas de grueso calibre, 21 armas cortas, siete escopetas, cinco rifles de asalto y aproximadamente 537 cartuchos así como equipos de radio comunicación. Cuando personal del Ejército Mexicano acudió en apoyo de los policías estatales, se registraron una serie de enfrentamientos tras de los cuales fue posible la captura de 9 de los aproximadamente 30 sicarios que, se calcula, participaron en este atraco. Autoridades estatales y federales informaron haber tomado conocimiento de este ilícito pero hasta el momento de escribir estas líneas no hay resultados claros de las investigaciones.
Este desafortunado evento no puede pasar inadvertido toda vez que es emblemático de la vulnerabilidad que sufrimos los mexiquenses frente al crimen organizado. Si quienes trabajan para protegernos sufren de esta manera sus embates, ¿qué podemos esperar los ciudadanos?
Lo cierto es que este hecho está íntimamente relacionado con un contexto sumamente negativo para el desempeño reciente de la Agencia de Seguridad Estatal (ASE). En tres años, el gobernador Peña Nieto se ha visto obligado a cambiar al titular de la misma en cuatro ocasiones. El primero fue Wilfrido Robledo Madrid quien renunció, en febrero de 2007, en medio de un escándalo por la contratación de su hijo Mario Robledo Segura como subdirector de los cuerpos auxiliares de la entidad. Robledo Madrid fue además el encargado del desempeño de la Agencia durante los hechos violentos ocurridos en San Salvador Atenco y Texcoco en mayo de 2006. Por ello ha sido señalado por distintas organizaciones de derechos humanos y por el propio ministro José Ramón Cossío de la Suprema Corte de Justicia de la Nación como el principal responsable de uno de los eventos de tortura y abuso más graves que el país haya registrado en los últimos años.
A Robledo Madrid, le siguió en el cargo Héctor Jiménez Baca, removido un año después a causa de la recomendación emitida en su contra por la Comisión estatal de derechos humanos que le acusaba de haber autorizado que más de 500 internos del penal de Neza – Bordo fueran desnudados para controlar un motín registrado en enero de 2008. No es tampoco un secreto que durante su gestión el sur del estado vivió un aumento acelerado de las ejecuciones, los feminicidios y, en general, los delitos violentos.
A Jiménez Baca sucedió en el puesto Germán Garcíamoreno quien renunció el 6 de marzo pasado, apenas unos días antes del atraco. Su renuncia pareció consecuencia obvia de escándalos como el de los policías obligados a trabajar de meseros en actos navideños encabezados por el gobernador. A Garcíamoreno también se le atribuye la reactivación del programa “Vigilantes Voluntarios” mediante el cual los uniformados, en lugar de combatir a la delincuencia, recaban información, puerta por puerta, de los habitantes de distintos municipios mexiquenses lo cual ha dado lugar a fundadas sospechas sobre el posible uso electoral de esos datos. Actualmente, el titular de la Agencia estatal es David Garay Maldonado, ex secretario de seguridad del Distrito Federal y hasta hace algunas semanas, director del Centro de Estudios sobre Seguridad Pública y Desarrollo Policial del Estado de México.
La sucesión de funcionarios demuestra que, en términos generales, el Estado de México carece de un rumbo claro en la materia. Van cuatro titulares de la ASE y el Gobierno del Estado de México no ha sido capaz de efectuar mejoras sustanciales a la profesionalización y depuración de los cuerpos policíacos y ha sido omisa, según sugerencias de observadores internacionales, en atacar la impunidad y resolver graves fallas operativas.
En todo caso, existen propuestas que podrían dar mayor certidumbre, legitimidad y solidez al desempeño de la ASE. Me refiero a la Iniciativa que, informó el Diputado Carlos Alberto Pérez Cuevas, estará presentando en el Congreso mexiquense para que los legisladores locales ratifiquen el nombramiento del titular de la Agencia tal y como sucede con la designación del Procurador general de Justicia de la entidad. Otra propuesta relevante tiene que ver con la creación de un órgano independiente que concentre y sistematice las cifras de incidencia delictiva para evitar la distorsión que la propia Agencia podría haber hecho de las mismas.
Sin embargo será condición esencial para el fortalecimiento y profesionalización de la Agencia el esclarecimiento total y satisfactorio de este infortunado evento. Como segundo paso, el nuevo titular de la Agencia está obligado a diseñar una estrategia de combate al crimen organizado garantizando, en todo momento, los derechos humanos de los mexiquenses.
Artículo públicado el 29 de marzo de 2009 en Milenio-Diario, EDOMEX









