Uno de los capítulos más dolorosos en la historia contemporánea ha sido la persecución y el asesinato sistemático de aproximadamente seis millones de judíos, hombres, mujeres, niños y ancianos, a manos del régimen nazi y sus colaboradores. Además del funesto antisemitismo, la ideología nazi dio origen a una política de eliminación de todas las razas que, contrario a la raza aria, eran consideradas como inferiores o impuras. A las muertes judías, se unieron las de millones de integrantes de otros grupos étnicos, religiosos y políticos durante la Segunda Guerra Mundial. Se calcula que aproximadamente cinco millones de gitanos, discapacitados, prisioneros de guerra, fundamentalmente soviéticos, homosexuales, testigos de Jehová, polacos, rumanos, entre otros, fueron asesinados o murieron como consecuencia de las condiciones deplorables en que se les recluyó en numerosos campos de trabajo forzado y esclavitud.

Emb. Gilberto Bosques, "Un hombre de todos los tiempos" Museo Judío y del holocausto en México - Senado de la República - Abril 2009
Todos ellos fueron víctimas de actos atroces que evocan lo que hoy llamamos el Holocausto o la Shoah en su acepción hebraica. Ambas voces tienen un origen etimológico común: la noción de quemado o pasado por fuego en alusión a las cámaras de gas y los hornos crematorios donde los cadáveres eran incinerados. La crueldad y la barbarie con que esta política fue instrumentada sigue asombrando al mundo entero y dando origen a millares de obras históricas, literarias, pictóricas y cinematográficas intentando no sólo explicar esta tragedia sino refrescar la memoria a las nuevas generaciones para impedir un evento semejante. Y es que, como afirmaba el gran escritor judío italiano Primo Levi, “nuestro lenguaje no cuenta con suficientes palabras para expresar la ofensa que hemos recibido, es decir, la destrucción del hombre”.
En efecto, el genocidio judío mediante la denominada “solución final” ha dejado una huella imposible de borrar en la conciencia histórica de la humanidad. De ahí que la Organización de las Naciones Unidas decidiera preservar el legado de los sobrevivientes del Holocausto mediante una conmemoración internacional que año tras año, el 27 de enero, recuerda la liberación en 1945 de Auschwitz- Birkenau, el campo de exterminio más emblemático del régimen nazi. Mediante la resolución 60/7 de noviembre de 2005, la Asamblea General de la ONU insta a los estados miembros a elaborar programas educativos “que inculquen a las futuras generaciones las enseñanzas del Holocausto con el fin de ayudar a prevenir actos de genocidio en el futuro” así como ayudar a “rechazar toda negación, ya sea parcial o total, del Holocausto como hecho histórico”. La resolución, adicionalmente, hace hincapié en aprovechar esta conmemoración para emitir un enérgico rechazo a todas las manifestaciones de intolerancia religiosa, incitación, acoso o violencia. De ahí que el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, afirmara que el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto es también “el día en que debemos reafirmar nuestra adhesión a los derechos humanos”.
Por supuesto que ésta es una oportunidad muy importante para reafirmar la vigencia y pertinencia de las múltiples lecciones del Holocausto. En primer lugar, la necesidad de identificar y atajar de lleno las expresiones de odio, xenofobia e intolerancia que, de suyo, son incompatibles con las sociedades abiertas y democráticas a las que aspiramos al menos en el mundo occidental. En distintos puntos del planeta, hay líderes políticos irresponsables, populistas y extremistas que se arman de agendas y discursos políticos de animadversión hacia una raza, una religión, una etnia o un grupo social determinado. Es tarea de todos los regímenes democráticos detener este tipo de expresiones y hacer uso de la única intolerancia permisible, me refiero a la que se ejerce contra la intolerancia misma. La política del apaciguamiento probó su ineficacia y su ceguera cuando Neville Chamberlain toleró y dejo pasar la intervención alemana en la Guerra Civil española, la anexión nazi de Austria y otras graves violaciones al Tratado de Versalles.
En segundo lugar, la urgencia de extender los alcances de la justicia internacional y el respeto a los derechos humanos ahí donde aún hay rezagos severos en estas materias. Esto incluye prevenir e impedir nuevos genocidios como los que desafortunadamente se registraron, después del Holocausto, en Ruanda, Cambodia, Sudán, Burundi, Uganda, la ex Yugoslavia, entre otros. El Siglo de los Genocidios, dijo Bernard Bruneteau, refiriéndose al siglo XX, tuvo que ver con “la puesta en escena de un enemigo total y bárbaro, objeto así de todos los odios, representación alucinada de atrocidades” que originó “sucesos de violencia extrema y muerte en masa”. El siglo XXI puede llegar a ser, en cambio, el siglo de la justicia y la reconciliación para muchas de estas sociedades.
En este contexto, el Senado de la República tuvo el acierto de organizar, en el marco de la Conmemoración anual por las víctimas del Holocausto, un Homenaje al Schindler mexicano, don Gilberto Bosques Saldívar. Bosques, cónsul general de México en Francia de 1939 a 1942, quién auspició la salida a México de más de 40 mil perseguidos del nazismo. Son individuos excepcionales como el quienes nos recuerdan que, aún en las peores condiciones, hay espacio para el humanismo, la solidaridad y la fraternidad.
Artículo publicado el pasado 30 de enero en Milenio Diario del Estado de México











